A finales del 2024, la periodista Ana María Echeverri publicó el libro 'Yo soy yo, la asombrosa transformación de Yasmín en Martín' (Editorial Planeta). Durante ocho años, la autora asumió el reto de investigar y reconstruir la vida de una persona trans.
A lo largo de estas páginas, se puede sentir cómo Martín se ha enfrentado constantemente a humillaciones, rechazos, agresiones físicas y discriminación social, entre otras narrativas de violencia desde que decidió realizar su transición. Así como a los distintos tratamientos médicos.
Con esa misma fuerza y seguridad con que enfrentó los diferentes maltratos en su vida, un día comenzó a trabajar por poder llevar a cabo su transición. Esta historia, la de Martín, que también es la de muchos otros jóvenes que están en una situación similar, está marcada por los silencios, la paciencia y la búsqueda de sentirse cómodo y conforme con su cuerpo.
Este libro no solo es una crónica de los ires y venires personales de Martín, sino también un reflejo doloroso de las problemáticas sociales y culturales de Colombia. Su vida está estrechamente vinculada con la brutalidad de los prejuicios de una sociedad machista, y con los flagelos de la pobreza y la ignorancia que siguen siendo ejes en nuestro país.
En entrevista para EL TIEMPO, Ana María Echeverri habló sobre el interés de escribir este relato, de todo el acompañamiento a Martín en este proceso y de los silencios que compartieron durante este tiempo, entre otras cosas.
¿De dónde nace el interés por escribir una historia de una persona en transición?
Este interés se despertó con claridad el 11 de agosto de 2016, mientras estaba haciendo la comida y de repente escuché un gran escándalo proveniente de la televisión. Se debía a los miles de personas que estaban en las principales ciudades del país marchando con pancartas en las que se leía: “Por una familia según el diseño de Dios”, “Si eres niño, eres niño y si eres niña, eres niña”, “Dios no comete errores”. Estas marchas se dieron en defensa de la familia tradicional y en contra de las cartillas que el Ministerio de Educación pensaba distribuir en los colegios en esa época, las cuales pretendían dar pautas para un comportamiento inclusivo en los centros educativos. Uno que no discriminara a estudiantes que fueran de género diferente al masculino y al femenino.
¿Y esto solo despertó la necesidad de escribir un libro o aparecieron otras incógnitas?
Aparecieron otras, pero lo primero que pensé fue: ¿Y yo, Ana María, qué puedo hacer? Y con esto me di cuenta de que, incluso en mí, primaba la ignorancia. En general, conocemos poco acerca del género. No sabemos qué siente, piensa o vive un gay, una lesbiana, una persona trans, un bisexual o alguien de los 47 géneros o más que existen en este planeta, aunque suene inverosímil.
Yo soy yo, el más reciente libro de la escritora Ana María Echeverri Foto:Editorial Planeta
¿Cómo comenzó esta investigación? ¿Ya conocía a Martín o apareció con la búsqueda de personas trans?
Primero me dediqué a estudiar a fondo sobre este tema. Me documenté de todo tipo de fuentes. Conocí a Martín Castillo durante el proceso de investigación, alcancé a hablar con varias personas que habían vivido ya la transición o que se encontraban en él, pero cuando comenzó a contarme su historia decidí que escribiría sobre su vida.
¿Él siempre estuvo de acuerdo con que su historia terminara en un libro?
Sí. Él me comenzó a contar su historia con naturalidad. Me habló de cómo fueron las cosas desde que nació como niña y se sintió niño.
¿Qué fue lo que más llamó su atención de la historia de Martín?
Que, a pesar de haber vivido situaciones muy duras, nunca ha perdido la curiosidad ni el deseo de superación. Esto le permitió terminar la universidad y estudiar una maestría en la Universidad Nacional de Costa Rica. Después de ocho años de conversaciones con Martín, me reafirmo en que su historia, su evolución personal y sus reflexiones son muy valiosas y reflejan además la realidad de Colombia. Por eso decidí publicar el libro.
Estamos en un momento en el que la inmediatez es lo que rige el día, la cotidianidad. ¿Cómo podemos equilibrar el querer el resultado ya y vivir paso a paso el proceso de la transición?
Pienso que un proceso de transición de cualquier tipo, no sólo en el tema del género, es algo lento, que se va dando, a veces porque la vida lo impone, pero también porque voluntariamente lo hemos elegido, hasta llegar al resultado que esperamos. Así como la mariposa no nace siendo mariposa y solo llega a serlo después de un largo y doloroso proceso como larva, cualquier transformación profunda requiere el tiempo necesario hasta hacerse realidad.
¿Cómo fue redescubrir a Martín mientras vivió con usted?
Fue también “un proceso” lento e interesante que cambió mi manera de ver ciertas cosas y de habitar este planeta. Todo esto se dio en mi casa de Villa de Leyva, que estaba en plena transformación. Con los días empecé a descubrir otras partes de él.
Es alegre, canta en la ducha y en los corredores, siembra, poda, pinta paredes, resana. Mantiene sus bolsillos llenos de semillas y cristales. Todavía tiene miedo. Miedo en las noches, en los viajes en el bus hasta Bogotá, en las requisas policiales, en la calle.
También percibí que pasaba del gozo a la depresión con facilidad. Se come las uñas. Su relación con la plata es extraña; siempre llega cargado de regalos para todas en la casa. Lo poco que tiene lo comparte, y si luego no hay… no importa, ya llegará.
También disfruté ver cómo sueña con un hogar, con un futuro para él, para Colombia y hasta para América Latina. Como buen aprendiz de su padre, vende hasta un hueco. Es inquieto y curioso, lee, estudia, escudriña, esculca. A veces prepotente, huraño, inseguro. Otras, divertido, amoroso, servicial. Vanidoso, siempre muy bien puesto, se mira en los espejos, en los vidrios, en cualquier superficie que le devuelva su imagen. Su dualidad es evidente: tiene una intuición y una sensibilidad muy femeninas, y a la vez una practicidad, una actitud protectora y unos gestos bastante masculinos.
¿Todo esto permitió crear una propuesta de vínculo distinta?
Sí, pues poco a poco, con calma, fuimos tejiendo una profunda amistad que perdura aún hoy. Y esto me permitió darme cuenta de que yo no me encontré con un hombre ni con una mujer, sino con un alquimista, capaz de transformar la rigidez del género en fluidez.
¿Cómo fue la relación con el silencio durante estos años? ¿Los hubo?
Realmente creo que no hubo muchos silencios; precisamente el hecho de compartir la vida durante ocho años, con algunos intervalos, hizo que los dos abriéramos esa verdad más profunda que cada quien lleva dentro. Por eso el libro es hondo, simple y sincero. Me contó cosas muy íntimas de la testosterona, de sus cambios, de los médicos y sus abusos. De sus amores intensos y variados. De su militancia y persecución. De su huida, de sus miedos. Pero también de ese “algo” que siempre aparece en los peores momentos y lo saca del hueco. Es algo que es simplemente, creo yo, su fuerza interior, su tenacidad y su amor por la vida.
¿Cómo fue el proceso de Martín cuando dejó de inyectarse testosterona y volvió a tener la menstruación? En este proceso, ¿qué acompañamiento tuvo Martín?
Fue un proceso muy duro y doloroso; doloroso a nivel psicológico, con mucha incertidumbre, muchas dudas, mucho miedo de regresar a ese cuerpo totalmente femenino, y también doloroso a nivel físico porque se enfermó. La testosterona es muy adictiva y al dejarla se da un período de abstinencia muy complejo.
¿Cómo fue su acompañamiento en este proceso?
Busqué a un médico experto en plantas que le ayudó a dar ese paso, de una manera muy atinada y amorosa. A manejar tanto los cambios físicos como los emocionales. “Me hizo entender -dice Martín- que la menstruación es parte de mí, de lo que soy, y que debía volver a recibirla con gratitud, con calma, sin rechazo. Era como decir: sigo siendo una persona transmasculina en un cuerpo femenino. Soy una persona que está aceptando su dualidad, que se está amando en esa dualidad: amando mi cuerpo, mi sexualidad, mis genitales, mis manos pequeñas, mis pies torcidos y chiquitos, amando todo mi ser. Y aceptando que yo soy yo, ni hombre ni mujer”.
Hablemos de esas pasiones que la atraviesan en la vida y en su escritura.
En la vida cotidiana me apasiona la búsqueda interior: conocerme, indagar dentro de mí, de mis sentimientos, mis emociones y pensamientos, para aprender a convivir con ellos de la mejor manera posible. Para evolucionar y transformarme a partir de ser consciente de la complejidad de mi ser y de la vida.
En la escritura y en la realización de documentales, siempre me ha interesado la vida de los demás, sobre todo de los millones de colombianos y colombianas anónimos, que hacen viable este país con su esfuerzo y su creatividad. Me interesan mucho también las minorías en general, los que salen adelante a pesar de los obstáculos, los transgresores, los que se apartan del sistema e intentan habitar de una forma consciente este planeta. Los que construyen, los que perseveran, los que creen en la vida y en su compromiso con ella.
Laura Valeria López Guzmán
En X: @Lauravalerialo
Redacción El Tiempo