A Cartagena le hacía falta un 'milagro': lo vivirá a partir de este viernes. Como si se tratara de una vieja cumbia resucitada del polvo de los vinilos olvidados, el Festival de Música del Caribe ha vuelto a despertar después de casi treinta años de letargo.
Entre el 21 y el 23 de marzo de 2025, la ciudad amurallada se vestirá de tambores y trompetas para recibir nuevamente a los dioses de la música universal, en un evento que alguna vez fue la brújula melódica de todo el Caribe y ahora busca reconquistar su trono perdido.
En la brisa que serpentea por las calles de piedra, todavía resuenan los ecos de aquellas noches de marzo en las que Antonio ‘Mono’ Escobar y Paco de Onís, entre otros soñadores, transformaron la ciudad en la capital de los ritmos afroantillanos.
Pero si aquel festival fue un volcán de alegría en el siglo pasado, este regreso es un hechizo minuciosamente preparado por Myriam Barcha, directora del festival) y un grupo de gestores culturales que, con la determinación de los antiguos marinos, han navegado mares de burocracia y escepticismo para revivir la fiesta.
La imagen oficial de este renacer, un afiche titulado La magia del Caribe, obra de Marcel Hernando Reyes Olmos, no solo evoca los tiempos dorados del festival, sino que parece un conjuro para que las noches de Cartagena vuelvan a arder con el fuego de la música.
Un pasado de leyenda
Cartagena de Indias, Centro Histórico. Foto:John Montaño/ EL TIEMPO
El Festival de Música del Caribe nació, como casi todos los grandes eventos de la ciudad, en una tertulia de amigos, en la que más de uno aseguró que era imposible y todos se empecinaron en demostrar lo contrario. En su primera edición, en marzo de 1982, el espíritu de la celebración era inestimable: una mezcla de sudor, alcohol y felicidad que se desbordaba de los escenarios hacia las calles, los bares y hasta las casas donde las emisoras transmitían el frenesí en vivo.
Los primeros años fueron encuentros de culto, un club exclusivo de conocedores que se reunían en el Circo Teatro y cerraban la última noche en el Fuerte del Pastelillo. Pero en 1985, cuando se mudó a la Plaza Monumental Cartagena de Indias y adoptó el himno Colombia Caribe de Francisco Zumaqué, el festival se convirtió en una marea indetenible.
Aquel evento que en sus comienzos era apenas una reunión de bacanes y melómanos, se transformó en un imán que atrajo a barranquilleros, venezolanos, antillanos, franceses y estadounidenses, todos unidos por la devoción a los sonidos del Caribe. No solo era música: la ciudad se convertía en un templo de la identidad caribeña, con muestras de literatura, cocina, artes plásticas e incluso competiciones de gallos y carreras de caballos.
Pero no todos bailaban al ritmo del éxito. Entre amenazas de embargos, críticas despiadadas y una boletería que no alcanzaba para pagar la fiesta, el festival comenzó a perder el pulso. Cuando llegó el último intento en 1996, ya los tiempos habían cambiado: la champeta comenzaba a dominar la escena y el público fiel de los primeros años había cambiado la rumba por las responsabilidades. La magia del festival se apagó, víctima de la falta de apoyo oficial y de una política cultural que no supo renovarlo.
El renacer de la leyenda
Ahora, en 2025, el reto de revivir el festival es titánico. “No es fácil volver a hacer semejante iniciativa”, reconoce Myriam Barcha, quien ha asumido la misión de hacer que Cartagena vuelva a latir con el ritmo del Caribe. Pero los cimientos están firmes: la programación ya está confirmada y entre los artistas destacan nombres como Diblo Dibala, Juan Piña, Bazurto All Stars, Tribu Baharú y Heroica Reggae, quienes no solo traerán nostalgia, sino que pondrán en escena la evolución del sonido caribeño.
El festival, que ha sido bautizado como El Renacer, no solo busca reconectar a Cartagena con su historia musical, sino que aspira a escribir un nuevo capítulo, incorporando las nuevas tendencias y ofreciendo un espacio para la reflexión sobre la identidad cultural de la región. Como en sus mejores tiempos, se realizarán conversatorios con estudiosos de la música y ruedas de prensa con los artistas invitados, en un esfuerzo por que la memoria no se pierda y la historia continúe.
Quizá lo más importante de este regreso no es solo la música ni la fiesta, sino la posibilidad de volver a unir generaciones en torno a un mismo latido. Quienes vivieron las noches épicas del festival original podrán revivirlas con sus hijos y nietos, mientras que las nuevas generaciones tendrán la oportunidad de descubrir lo que significaba, más allá del espectáculo, la experiencia de ser Caribe.
Una ciudad lista para la fiesta
En los bares del Centro Histórico, los meseros ya ensayan sus pasos de baile. En los balcones de Getsemaní, las luces de colores empiezan a parpadear como si la ciudad misma estuviera calentando motores. En el muelle de Manga, algún viejo marinero recuerda las noches de desenfreno y se pregunta si este festival logrará devolverle a Cartagena la locura que alguna vez la hizo inolvidable.
Lo cierto es que, cuando la primera nota musical resuene en la noche del 21 de marzo, Cartagena sabrá que algo ha cambiado. Quizá sea el espíritu del Mono Escobar, asomándose entre las sombras para ver si esta vez la magia sobrevive. O tal vez sea la misma ciudad, que después de tantos años de silencio, ha decidido que es hora de volver a bailar.
Además, te invitamos a ver nuestro
documental Voces Silenciadas
Documental de la periodista Jineth Bedoya. Foto:
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