Los coletazos para Colombia de la guerra comercial de EE. UU.

hace 1 semana 23

Las guerras comerciales han dejado de ser un fenómeno distante para convertirse en una amenaza inminente para Colombia. Ante el aumento de las tensiones entre EE. UU. y sus principales socios comerciales, especialmente después de los acontecimientos del 25 y 26 de enero, nos encontramos en una situación crítica y la pregunta que surge es: ¿por cuánto tiempo más podremos permanecer al margen de este conflicto global?

Cualquier observador atento a la política comercial de EE. UU. comprende que medidas como el incremento de aranceles, las restricciones a importaciones y las sanciones impuestas a diversas naciones no son acciones aisladas. Estas decisiones son parte de un complejo juego internacional en el que Colombia podría convertirse en una víctima colateral, expuesta a decisiones que escapan a nuestro control.

El ascenso de Donald Trump a la presidencia se sustentó en la creencia de que la globalización y el sistema financiero internacional han dañado a EE. UU., dando lugar a déficits fiscales y comerciales crónicos. Desde esta perspectiva, el equipo de Trump ha decidido implementar intervenciones efectivas para evitar un mayor deterioro económico. Un elemento clave en esta decisión es la sobrevaloración del dólar, que se debe en parte a su condición de moneda de reserva global. Esta situación ha contribuido a la desindustrialización de EE. UU. y ha reducido su atractivo como destino para la inversión manufacturera. Cabe destacar que esta discusión es de larga data y ha persistido desde buena parte del siglo XX, sin que hasta ahora se tenga una solución definitiva para que la nación norteamericana pueda mantener el papel del dólar como moneda de reserva, al tiempo que busca una tasa de cambio más competitiva.

Para contrarrestar este dilema y abordar la sobrevaluación del dólar, la administración de Trump ha privilegiado la imposición de aranceles como principal instrumento de política. Aun cuando las tarifas resultantes podrían llevar a un fortalecimiento temporal del dólar, en realidad ya se ha probado que su implementación se justifica como una estrategia de negociación dirigida a fortalecer la competitividad del dólar, alcanzar objetivos económicos de largo plazo y reforzar la seguridad nacional. Aunque los aranceles estuvieron inicialmente dirigidos a China, su impacto se ha extendido a otros países, incluidos aquellos considerados aliados, reflejando la percepción de que la pérdida de poder económico de EE. UU. representa una amenaza para su seguridad nacional.

No es solo China y Rusia

El crecimiento de economías como la de China y Rusia no solo plantea un desafío geopolítico para EE. UU., sino que también se ve intensificado por la reubicación de segmentos claves de las cadenas de producción de armamento y equipo militar en estas y otras naciones. Esta realidad es considerada altamente perjudicial para la soberanía nacional de EE. UU. En este contexto, el acero, como primer eslabón en la producción de equipo militar, ha adquirido un estatus estratégico. De ahí que haya sido el producto sobre el que han recaído aranceles generalizados.

Pero la imposición de aranceles no se limita a China o Rusia. También el Gobierno está considerando los demás países. Estas medidas pueden generar ingresos fiscales y, al mismo tiempo, funcionar como herramientas de presión para negociar compromisos relacionados con la seguridad nacional o, a mediano plazo, restaurar la competitividad del dólar. Entre los compromisos que buscan la mejora de la competitividad del dólar se contemplan además negociaciones para intercambiar deudas de corto plazo por plazos mayores con los principales países acreedores de EE. UU.

Es fundamental entender que es probable que la administración de Trump esté dispuesta a asumir el riesgo de provocar una recesión y aumentar la volatilidad en los mercados financieros como parte de su proceso de ajuste. Sería un error suponer que abandonarán su estrategia de guerra comercial ante cualquier indicio de crisis. Como ejemplo, los asesores de Trump han argumentado que, durante la implementación de aranceles a China en 2018, la inflación no aumentó significativamente, ya que las tarifas más elevadas fueron compensadas por una devaluación del dólar. Este es el resultado que buscan replicar.

El 2 de abril se perfila como un hito crucial, ya que se anunciarán nuevos aranceles para todos los países, con el propósito de compensar las tarifas impuestas por EE. UU. En este contexto, es posible que se impongan aranceles a Colombia sobre productos como el café y los textiles, que actualmente ingresan al mercado estadounidense sin impuestos, mientras que enfrentan aranceles elevados en nuestro país. Aunque no se han establecido aún criterios claros para estas tarifas recíprocas, es evidente que Colombia podría verse gravemente afectada. De hecho, los efectos ya son tangibles, dado que el clima de incertidumbre tiene un impacto negativo significativo por sí mismo.

A pesar de ello, está claro que esta estrategia estadounidense conlleva múltiples riesgos y la posibilidad de resultados no deseados, algunos de los cuales podrían ser caóticos. El riesgo de que las otras naciones no cooperen es considerable, especialmente si todo se fundamenta en amenazas. No obstante, esta escalada de riesgo parece ser atractiva para un presidente que se siente cómodo ante los desafíos. En este delicado entorno, Colombia debe actuar con determinación y buscar un espacio real para la negociación, condicionando ciertas concesiones que no necesariamente deben ser exclusivamente comerciales, sino que también aborden cuestiones de seguridad nacional.

Diversificación

Ante este panorama, algunos sostienen que, para Colombia, esta es una oportunidad para diversificar nuestras exportaciones. Se habla de China, América Latina y Europa como posibles salvavidas. Pero ¿realmente es tan fácil?

China ha demostrado ser un mercado difícil de conquistar. En 2023, Colombia exportó apenas 2.500 millones de pesos a ese país, concentrados en petróleo, carbón y ferroaleaciones. Más preocupante aún: nuestras exportaciones a China han caído un 9,5 % anual en los últimos cinco años. No hemos logrado ofrecer productos que compitan en precio o en calidad.

Extracción de petroleo. (Imagen de referencia).

Colombia exportó $2.500 millones a China, concentrados en petróleo, carbón y ferroaleaciones. Foto:Jaime Moreno/Archivo EL TIEMPO

América Latina tampoco es una solución mágica. Vendemos bienes que otros países de la región también producen, muchas veces con más eficiencia. Además, no podemos olvidar que varios países del continente como Chile, Perú y Costa Rica ya tienen tratado de libre comercio con China y los productos de ese país entran libres de arancel en sus mercados. Esto nos obliga a competir con el gigante asiático en esos países.

Europa y el mismo EE. UU. podrían demandar más productos colombianos, sobre todo agrícolas, pero las barreras fitosanitarias y regulatorias no se eliminan de la noche a la mañana. Si quisiéramos exportar más queso o carne, ¿cuántos años tomaría cumplir con sus exigencias? En otros campos como los textiles y confecciones lo que compran estos países provienen de cadenas globales de valor, en los cuales Colombia no ha logrado insertarse.

Y aquí está el punto clave: fortalecer nuestra capacidad exportadora no es algo que se logre en meses o incluso en un par de años. Diversificar mercados, mejorar competitividad, cumplir con estándares internacionales y consolidar relaciones comerciales toma tiempo, inversión y una política de largo plazo. Pretender que en el corto plazo podemos suplir el mercado estadounidense con otros destinos es, en el mejor de los casos, ingenuo.

El enemigo silencioso

Mientras el Gobierno habla de diversificación, el contrabando sigue ganando terreno. Si el comercio con EE. UU se complica, China buscará nuevos destinos para sus productos, y Colombia, con sus altos aranceles, se convertirá en un imán para el comercio ilegal. Nuestro país aplica no solo aranceles altos a muchos productos que vienen de China, sino que utiliza medidas arancelarias para impedir su entrada legal. Sin embargo, son tales las diferencias de precios entre los productos nacionales y los chinos, que cualquier autoridad difícilmente puede controlar el contrabando.

Por ello desde hace mucho hay rutas establecidas para el ingreso de mercancías de contrabando: ropa, electrodomésticos, juguetes y hasta insumos para algunas industrias. Si las tensiones comerciales aumentan, seguramente veremos más productos chinos entrando por vías ilegales, compitiendo deslealmente con la industria nacional y agravando el problema fiscal del país.

Nos encontramos ante un panorama de menor crecimiento si se imponen aranceles por parte de EE. UU. En este contexto, la incertidumbre aumentará, y una respuesta de retaliación de nuestra parte podría conducir a un incremento de la inflación. No hay que olvidar que el 27 % de los insumos de nuestro aparato productivo viene de ese país. Además, si EE. UU. entra en recesión, el impacto para Colombia sería aún más grave. También es posible que experimentemos una devaluación del peso, lo que encarecería las importaciones y afectaría tanto a la industria como al consumo nacional.

¿Estamos realmente preparados para enfrentar esta situación? La respuesta, lamentablemente, es negativa. No contamos con las herramientas necesarias para lidiar con un incremento de aranceles de nuestro principal socio comercial. Ni siquiera estaremos listos para el escenario más benévolo, en el que se eviten los aranceles, pero se desencadene una guerra comercial entre las grandes potencias, lo que tendría repercusiones muy negativas para la economía global.

Mientras otros países se adaptan a los cambios en la geopolítica comercial, Colombia permanece sin una estrategia definida que le permita afrontar lo que se avecina. Esto resulta aún más inquietante considerando que el presidente ha sugerido que podría ser conveniente dar por terminado el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, una decisión que eliminaría las ventajas comerciales que este acuerdo ha proporcionado a nuestro país y que sería altamente perjudicial.

Por el contrario, nuestra estrategia debe enfocarse en aprovechar todos los canales diplomáticos disponibles para evitar un desenlace adverso y asegurar el cumplimiento del TLC, de modo que podamos continuar disfrutando de los beneficios comerciales con EE. UU.

Además, es urgente implementar políticas que fortalezcan nuestra capacidad exportadora, reconociendo que este proceso requerirá tiempo y esfuerzo. No podemos esperar soluciones inmediatas, pero es esencial que comencemos a establecer las bases desde ahora y que revisemos el enfoque que hasta ahora hemos tenido que, salvo unos pocos casos de éxito, no ha ayudado a construir la plataforma exportadora que el país requiere. Sobre todo ahora que la alerta de la descertificación está encendida.

PEDRO MEDELLÍN TORRES (*)

Para EL TIEMPO

(*) Director Insilab

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