Tras la última competencia como profesional del suizo, luego de anunciar su retiro, el mundo del tenis lamenta su partida y enaltece a la leyenda.

Mi padre, relojero de oficio, decía con convicción que no había nada más preciso y perfecto que un reloj suizo. En el mundo del tenis hay un suizo tan preciso como un reloj y tan perfecto en su juego que los adjetivos para definirlo sobrepasan cualquier explicación lógica: tenis afelpado, experiencia religiosa, belleza deslumbrante, destreza huracanada, golpe exquisito, frases dichas por escritores como David Foster Wallace, Alessandro Baricco o competidores como André Agassi para describir a Roger Federer.

El suizo, nacido en Basilea hace 41 años, juega este viernes 23 de septiembre su último partido como profesional. Será en dobles y hará pareja con su eterno rival y amigo, Rafa Nadal, en la Laver Cup, un torneo que él mismo impulsó. “Quieres jugar para siempre, es triste saber que es el final”, dijo Federer en la rueda de prensa antes del evento. La tristeza de sus fanáticos, y del deporte en general, es tan grande como la suya. Se va una leyenda.

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“Los tenistas coincidimos en que Federer es el tenis, es lo más grande que ha tenido este deporte y su partida se sentirá como una pérdida muy grande”, dice el retirado tenista colombiano Alejandro González quien recuerda que hay toda una generación para la cual él fue referente, los que juegan tenis gracias a Roger Federer.

Un fuera de serie

La serenidad y el tenis no van de la mano. Imposible cuando la pelota viaja a más de 200 kilómetros por hora para llegar a un recuadro de casi 12 x 9 metros y ubicarse en un punto en el que el oponente intentará responder con agilidad, precisión, fuerza y a la misma velocidad.

Pero Roger Federer juega siempre sereno, lo dijo el tenista retirado Andre Agassi en su biografía “Open” al describir el juego de ese “jovencito” a quien enfrentó por primera vez en 1998 y con quien comenzó a perder en 2003 en su cuarto partido contra él.

Dos años después, en 2005, en la final del US Open entre ambos, Agassi contó que iba perdiendo dos sets a uno y no tuvo más remedio que dar un paso atrás y admirar las inmensas dotes de Federer, con magnífica contención: “Es el jugador más regio que he visto jugar en mi vida”. El partido se suspendió por lluvia y al otro día, a pesar del remonte de Agassi, Federer ganó. “Perdí contra el Everest de la siguiente generación”.

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Para el periodista Luis Alfredo Álvarez, la voz narradora de los Grand Slams (Abierto de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) en ESPN, Federer ya mostraba sus cualidades tenísticas desde la categoría junior, pero antes de ese juego con Agassi hubo otro partido que le dio exposición: Wimbledon 2001, cuando enfrentó a Pete Sampras en cuarta ronda para pasar a los cuartos de final. Un juego que le hizo abrir los ojos al suizo de dónde estaba parado en este deporte a nivel mundial: 7-6, 5-7, 6-4, 6-7, 7-5, en cinco sets para eliminar al rey del torneo. Federer tenía 19 años.

Desde ese momento hasta ahora descifrar su juego ha sido una obsesión. Los osados analistas concluyeron que el suizo hacía parte de esa elite sobrenatural que lo une a deportistas como Lionel Messi en el fútbol o Michael Jordan en el baloncesto, que hacen ver fácil movimientos que no lo son.

Federer crea espacios donde nadie los ve, realiza golpes que desafían cualquier entendimiento sobre física, y hasta pareciera que la bola le obedece. Su revés con una sola mano es perfección, un movimiento tan seco “que la pelota traza filigranas en el aire”, dijo Foster Wallace quien también describió su drive (derecha) como un latigazo fluido.

Puede verlo jugar este último partido para detallar que cada movimiento suyo tiene un propósito específico y que usa una mínima cantidad de energía para generar un golpe. Todo eso produce lo que Foster Wallace denominó “Momentos Federer”, esos en los que la mandíbula se cae, la boca queda abierta y los ojos se quieren salir de sus órbitas porque se ha presenciado que lo imposible se vuelve posible. Álvarez lo compara tajantemente con una obra de arte, un epítome de gracia, brillantez en el tenis.

“Eso es lo elegante de su estilo”, dice el narrador, porque además la sutileza va acompañada de agresividad y si el oponente no responde de manera ofensiva Federer lo “liquida”.

Con esa fiereza, que el escritor Baricco comparó con un león en su ambiente natural, Federer rompió récords: fue el primer jugador en acumular veinte títulos de Grand Slam y aunque esa marca ya se la quitó Nadal (22) y Djokovic (21) ningún otro ha ganado ocho títulos en Wimbledon.

Hay más números: 369 partidos ganados en Grand Slam, 103 títulos, 310 semanas (casi seis años) como número uno del mundo, el único jugador hasta ahora en haber ganado al menos cien partidos en dos torneos mayores: 102 en Australia y 105 en Wimbledon y más de 130 millones de dólares acumulados en premios.

Y es muy probable que algún día se superen las marcas, pero los números no serán necesarios para reflejar la genialidad de la leyenda. “Es el más grande de todos los tiempos”, dicen Álvarez y Baricco, sin vacilar.

¿Y tiene alguna debilidad? Agassi dijo en su libro que no, pero si hay que encontrarle un punto débil es cuando su rival hace que la pelota pique alto sobre su revés, eso lo incomoda y otra apreciación personal del narrador, que tantos torneos le ha comentado, es que en ocasiones le costó cerrar los partidos cuando el marcador estaba apretado.

Diferente a sus rivales

¿Federer es mejor que Djokovic o Nadal? El “big three”, como se ha denominado a este trío de titanes, se reparte 63 títulos de Grand Slam en los últimos años y ha escrito páginas doradas en la historia del tenis. Es muy complejo poner a uno encima del otro dentro de la cancha, pero la discusión está servida y habrá quien destaque más la fiereza de Nadal o la mentalidad de Djokovic. En la cancha son tres animales capaces de destrozar a sus rivales sin clemencia y con maestría.

Lo que hace a Federer diferente a muchos es su caballerosidad: jamás se vio gritarle al público para que lo apoyaran, nunca peleó despectivamente contra ellos y jamás se retiró de un partido de tenis. “En los vestuarios, con la prensa, con los fanáticos siempre fue un caballero”, reiteró Álvarez.

Wallace añadió en su libro “El tenis como experiencia religiosa”, en el que le dedicó un capítulo entero a Federer, que es bastante conocido su estoicismo a la vieja usanza, su dureza mental, esa evidente honradez y la consideración y generosidad caritativa que posee.

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En su mente también radica mucho de su talento, ese que sus padres apoyaron de manera racional y sin afanes de “explotarlo”. Federer tiene además memoria fotográfica. Álvarez recuerda que entre dos entrevistas que tuvo con él pasaron 10 años y Federer lo recordó: “Es una persona asequible, te puede dar entrevistas en cualquier idioma (habla inglés, francés, alemán, sueco), te responde con inteligencia, coherencia y sentido”.

Federer está triste, lo dijo. No es fácil dejar una pasión que se sostuvo por 24 años. Probablemente hoy habrá lágrimas, abrazos dentro de la cancha, llanto en los que vayan a verlo en vivo, sollozos en los que vean la transmisión por televisión. Hay que alistar el pañuelo.

El tenis está triste, se va su majestad, un caballero como pocos y el soberano del otrora deporte blanco, un genuino reloj suizo.

¿qué sigue? el futuro de federer en sus palabras

El suizo habló sobre su futuro previo a la Laver Cup: “Lo primero es pasar tiempo con mi familia, con mis hijos, con Mirka... Tener una vida normal. No he pensado mucho en lo que voy a hacer luego. Por ejemplo, Borg no volvió a Wimbledon hasta 25 años después de su retirada. Yo no creo que yo sea así, el tenis me ha dado mucho, he estado aquí durante mucho tiempo. Quiero ver a la gente de nuevo, quería hacerle saber a los aficionados que me van a poder ver. Pero aún tengo que pensar qué voy a hacer exactamente”.

Claudia Arango Holguín

Periodista, presentadora y locutora. Fui DJ de radio, reportera de televisión y ahora disfruto el ejercicio de escribir a diario. Melómana, cinéfila y seriéfila.